Para Belinda
Ráfaga de azules,
proyectadas sobre elipses infinitas,
y pasos cincelados que caen sobre tus labios.
Iluminan el escenario de tu mirada dos soles de plata,
nudos de sangre y un bello eclipse.
Bello mapa de memorias esféricas.
Para Belinda
Ráfaga de azules,
proyectadas sobre elipses infinitas,
y pasos cincelados que caen sobre tus labios.
Iluminan el escenario de tu mirada dos soles de plata,
nudos de sangre y un bello eclipse.
Bello mapa de memorias esféricas.
El camino de los invertebrados,
es el camino donde todas las voces sin alma
escurren su sombra entre las cuerdas de un viejo violín.
Detrás del violín, el fragor de un sinnúmero de motores,
tras los motores, perros almidonados envueltos en suaves pañuelos,
frente a los pañuelos, cordones desatados por la locura,
bajo la locura, un cigarro exhalando su ultimo aliento,
sobre el aliento, hojas trapecistas sonriendo al nirvana,
más allá del nirvana…
… otro millar de invertebrados aturdidos por las luces de los semáforos.
Los invertebrados siguen horadando el camino,
cubriendo su amargura con camisas de Gaultier
o haciendo zigzag por la isquemia de sus cavilaciones.
Ellos aún creen en el buen destino de sus diagonales.
Pobres diablos: piensan que salvarán su piel
saludando a las estatuas donde quedaron encerrados tantos sueños.
A mi vuelta, todo son pasos oscuros,
todo calles sin pesquisas;
hombros fatigados sin peatones,
palabras tenues…
… tu voz tras el teléfono escondida.
En mis paseos encuentro bares llenos de humo sin ideas,
líneas de sucio cartón hacia tu Centro,
y lloro por una ciudad de almas sin viajes,
de jardines que acabaron en el desguace de los besos,
de bufandas desgarradas por un paso de militares.
Ahora, solo.
Con un aciago gris que debo convertir en sonrisas,
en mundos subrayados por la magia,
en focos que iluminan décadas de deseos…
Una vez más.
Quizás al reescribir mis derrumbes
pueda diluir cada sombra en un suspiro.
Quizás al posar mis ojos en tu memoria,
dé la vuelta a mi vuelta a la ciudad que amo.
Estoy sentado en una nube llena de piedras
que caen sobre los hombros de los pájaros,
Y cada piedra me desnuda de sensaciones
y encumbra los colores de miles de puntos,
en miles de cabezas de hombres y mujeres,
haciendo que las palabras rían y lloren,
y chillen en ruidos de cuchillos afilados.
Mi vida en gritos de piel
hablando de un cambio de estación.
Barba, demasiada barba.
Tanta que acaba por sofocar
los colores rojos de la música
que intento vertebrar en mi ánimo.
Barba, angustia, y visión cruzada
de un camino creado con espacios silentes,
tinta azul fuera de su tiempo…
… y agua. Mucha agua.
Tanta agua en gotas, como pelos en mi barba.
Las medias lunas de otras épocas
llorando en mis manos,
las palabras haciendo círculos en mi mente,
y orquestas de batalla abrochadas en mis pasos.
Y tanta barba como recuerdos,
rodeada de un fragor de lluvia sin gotas,
de horizontes fugados de una mala obra de arte,
de un espectáculo de voces sin cuerdas.
Barba, a fin de cuentas, espesa y sabia,
como el camino que cruza esta tierra de estrellas.
En un sinfín de mentiras y exposiciones rotas,
atisbo el hedor de un maltrecho puente;
sentado en una silla, enumero capítulos y fantasmas,
y… un ritmo de fondo no me deja pensar en ti.
El yo antes que nada,
el tú después de todo,
tu risa forzada, sus manos escondidas:
no hacéis más que vivir ágapes disfrazados de un mal año.
Me llevo las manos al alma,
a la herida de tus palabras,
porque tu energía seguirá desdibujada
mientras lloren las distancias y los rincones rotos…
… y hoy… Hoy sigo sin poder pensar en ti.
No, ¡no puedo!
Porque un batallón de desencuentros
se agolpan en emociones infinitesimales,
en sueños quebrados por sillas que hablan y dedos que acusan.
Llevo, a pesar de todo, una siembra de desahogos,
una página de inconformismo,
voraces lecturas en mis minutos
y una mano apasionada deseosa de trazar un nuevo futuro.
En memoria de Vicente Herrero
Otro suspiro de color blanco.
Éste tan delgado y opaco,
que llega a curvar la tristeza de su pelo
mas allá del camino que tomaban las sonrisas.
Roto, arrugado y en sangre viva,
el motor de su vida toma la salida equivocada.
Entonces, hablo a las nubes del frío
de esa habitación, pintada de angustia…
… ¿porque no escuché a sus manos
tocar mi rostro mecido en lágrimas?…
Ejercicio de sensibilidad imposible
el recomponer ahora su débil puzzle de recuerdos.
Ya no podré recorrer la distancia que dejó su cariño,
y sólo queda ese abrir y cerrar de almas
que abrigan el final de un gran padre de cientos de vidas,
miles de besos y un millón de cálidos abrazos.
Escucha: la Vida está de suerte.
Hoy, tras un salto de vértigo,
el amor regresará de la mano de su risa
para iluminar un millar de rincones exquisitos.
Será el amanecer de su recuerdo;
será otra misión feliz para su alma.
Será tu amor el que se lleve a otro mundo,
para hacerlo llover sobre otros ojos.
Para Marian
Para la mujer de finas cuerdas,
que peina en un rincón opaco
la elegancia de sus púas.
Para la mujer que ha unido
los inviernos de 926 días,
con suave hilo de ilusión.
Para la mujer que dobla el mundo
con palabras,
y llena las noches de miradas.
Para la mujer que embriaga
el aire de nuestro encuentro
en cada amanecer.
Para ti, Marian, mi mejor amiga.
Elena tiene rasgos de gata.
De gata dormida,
peleada con las curvas de su pensamiento,
rival de la caricia de sus pupilas,
amante de fuego presa entre fríos cristales.
Elena calma el paso del tiempo
en sus suaves piernas,
con esa mirada maldita y oblicua
hacia un mundo no tan lleno de música
como siempre quiso dibujar en sus peinados.
Elena estalla con tu pasión,
y, en un instante,
despierta cual gata de acero
arañando a la vida.
Elena vive en un confín de recuerdos
grabados con amor cicatrizado,
sensuales destellos
y ronroneos con el sabor de un beso.
Granada tiene, al menos,
mil mujeres bonitas;
a saber:
las que lloran en tu nube,
las que callan sus orgasmos,
las que danzan bajo lunas grises,
las que vierten en delicadas copas su amor.
En lo opuesto, corazones en gravedad cero,
y paraguas laberínticos
subidos a escalones invisibles.
Prosigo con la cuenta:
diosas intermitentes como la lluvia
que anclan el destino a sus caderas,
las que instrumentan colores fabricados,
las que hicieron sonreír a sus lágrimas durante una vida entera.
En lo opuesto, dobles vidas perfumadas,
claros en el cielo llenos de oxígeno,
y humos e intersecciones confinados
en el transporte publico.
Granada, sí… tiene un millón de mujeres bonitas en sus párpados,
pero evocarlas cuesta más
que un poema de nicotina a medianoche.